Una cena cualquiera en familia

Hola, mi nombre es Héctor y antes de comenzar con el relato hay algo que debo aclarar: soy vegetariano.  Ya está, comienzo con la historia.

Son las 20.23h de un día cualquiera de un mes cualquiera. Estoy de camino a casa de mi madre para cenar con ella. No es que no me las apañe bien en la cocina, sino que a ella le gusta que vaya de vez en cuando. “No vienes nunca a ver a tu madre” me echa en cara. “Ok mamá, esta noche voy” le contesto sin mucha seguridad. Ya me conozco como son las cenas en su casa. Primero te echa en cara cualquier cosa que le venga a la mente; después te hace preguntas absurdas; a continuación cuestiona tus decisiones; seguidamente se escandaliza si te enfadas porque no respeta tus decisiones; entonces vuelve a repetir las preguntas absurdas; finalmente decide que no la quieres y estás trastornado porque decides poner fin a la cena e irte a tu casa, donde estás la mar de tranquilo y eres casi feliz. ¿Demasiado complicado? Espera, ahora lo entenderás mejor.

Aparco delante de casa. Cierro el coche y entro. Mi madre me está esperando con la cena lista.

—Hola, ¿no? —dice.

—Hola. ¿Qué hay para cenar? —pregunto. Reconozco que estoy un poco a la defensiva. He vivido muchas veces esta situación.

—Brócoli hervido y ensalada. ¿Quieres que te haga cordero o un bistec? —responde.

—Mamá, ¿te estás riendo de mi? ¿Cuántas veces te he dicho que no como carne? ¿Mil?

—¡Ah! ¿Cordero tampoco comes?

—Me da la sensación que me estás vacilando o que no me escuchas cuando te hablo.

—Responde, ¿cordero tampoco comes? —vuelve a preguntar mientras saca de la nevera un recipiente con ensalada de tomate y… bacalao.

—Te he dicho mil veces que no como animales. ¿Por qué sigues insistiendo? Esa ensalada lleva pescado. Sabes que no como pescado. ¿Por qué se lo pones?

—Menuda tontería no comer animales… —dice con mala intención.

—Muy bien, para ti es una tontería. Para mi no. Respeta mis decisiones.

—¿Anchoas tampoco quieres? —dice enseñándome un paquete de anchoas en vinagre.

Llegados a este punto tengo que respirar hondo y contar hasta diez. Se me pasa por la cabeza irme sin cenar, pero hago un esfuerzo. No entiendo por qué no respeta mis decisiones. No entiendo a dónde quiere llegar ignorando lo que le digo e insistiendo más y más en que coma animales. Después de contar hasta diez decido ignorar su pregunta sobre las anchoas y me siento a la mesa. Comienzo a comer el brócoli con cierta ansiedad. “Joder. Ni un puto día podré comer en paz al lado de esta mujer” pienso. “¿Cómo pretende que me apetezca venir a verla si cada vez que vengo me genera este malestar?”.

—Cuando termines cómete una natilla.

—No me gustan las natillas —contesto.

—¡¿Natillas tampoco comes?! Pfff… —dice en tono hostil.

—NO. NO ME APETECE COMER NATILLAS. ¿QUÉ PASA? ¿TE CUESTA MUCHO ACEPTAR MIS DECISIONES SIN SOLTAR UN COMENTARIO CADA VEZ, O QUÉ? —le contesto enfadado.

—Míralo como se pone. A ver que le he hecho yo para que se ponga así. Tú no estás bien niño. Tú tienes un problema y no tienes que venir aquí a marearme, que bastante tengo.

Me quedo muerto. Bueno no, no me quedo muerto porque esto es el pan de cada día y ya me lo conozco. Pero sinceramente, ¿es para volverse loco o no?

Seguimos cenando en silencio. La ansiedad ha aumentado y ya no me apetece nada estar en su casa. Me acuerdo del gato, que le han operado hoy para quitarle las bolitas generadoras de espergatitos, y me apetece volver a casa y hacerle compañía. La anestesia le ha dejado un poco tocadillo y está sensible. Pobre Muslito (así se llama).

—Bueno, yo voy a hacerme un filete, que está muy bueno —dice mi madre.

Sigo comiendo ensalada mientras trato de no engullir ningún pedazo de bacalao.

Mi madre cocina su filete en un par de minutos y regresa a la mesa.

—Mmm… Qué bueno. Está muy bueno.

—No lo dudo.

—Tu amigo Javier come muchos, que me lo dice su madre —dice con rintintín.

—Muy bien.

—¿Quieres un poco? —insiste.

—NO.

—Come anchoas. ¿Puedes comerlas o no?

Ya he tenido suficiente. Me levanto a por un vaso de agua. Ella también se levanta y saca una natilla de la nevera.

—Toma, cómete la natilla.

Estoy alucinando. Dejo el vaso de agua, cojo un tupper con judías blancas que me tenía preparado a pesar de que le he dicho que no lo hiciese, y me voy. Cuando estoy saliendo la oigo como dice que estoy mal, que acabaré mal, que trato a mi madre peor que los delincuentes que hay por ahí y que soy el diablo. Y es que sí, a pesar de que siempre he sido una persona educada, con valores, respetuosa y de bien, para mi madre soy lo peor. Un delincuente, un drogadicto, un ludópata, un malgastador, un maleducado y un trastornado. Pela lo préssec Juanito.

hombre triste

Fuente: hdwallpapersrocks.com

Y nada, con la ansiedad latente y el estómago encogido por los nervios, me voy a mi casa donde me espera Muslito con cara de sobado y una cicatriz en los huevecillos 🙂

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Nota de Manu: Por suerte, este es un relato ficticio. Mi madre es un sol que jamás cuestionaría mis decisiones. Al revés, las apoyaría y me ayudaría a que las pudiese llevar a cabo. Pero por un momento imaginemos tener una madre que haga ese tipo de cosas. El relato está escrito con cierto toque de humor, pero humor a parte, ¿cómo sería vivir cada día la misma situación con una persona tan importante en tu vida como es tu madre? A una pareja tóxica la puedes dejar. Una amistad tóxica la puedes romper. Pero un padre o una madre tóxicos te los tienes que comer con patatas. Por favor, si hay alguna madre o padre leyendo esto, respetad las decisiones de vuestros hijos. Si no estáis de acuerdo con algo hacédselo saber de forma sana, y luego apoyad su decisión final. Y si no sois capaces de apoyarlos, al menos respetadlos. Si no lo hacéis, sólo conseguiréis que vuestros hijos os vean como algo desagradable de lo que hay que huir. ¿Es ese tipo de relación la que queréis con ellos? Pensadlo.

Un abrazo.

Discusión

  1. Llasat
    • Manu

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