Un vagón cualquiera de un tren cualquiera

trenalba
Por fin aparecieron las luces del tren en el anaranjado horizonte del alba. Intenté calcular el punto donde más o menos se detendría mi vagón, pero nada; como siempre, lo vi pasar ante mis narices y no se detuvo hasta unos 50 metros más adelante. Caminé hasta la puerta que marcaba el 3 y me subí. Giré a la derecha, abrí la puerta automática que hace “pssssssshhh” y entré en el vagón. Ahora tenía que buscar mi asiento. Era el 6A, así que estaría por el principio del vagón, y como yo estaba en el final, tuve que cruzarlo entero intentando no chocarme con ninguna de las personas que también buscaban su asiento o intentaban subir su maleta al reposa-equipajes que hay sobre los asientos. A la mitad del vagón, me encontré una anciana de esas que te aprietan el brazo con una fuerza digna de un culturista mientras te dicen:

—Ay, hijo mío, ¿no me ayudarías a subir la maleta, que ya estoy muy mayor?

—Claro, señora —le dije con una sonrisa. Agarré su maleta con cuidado y la subí. No sé cuanto pesaría la señora, pero seguro que su maleta pesaba más.

—Gracias, guapo —agradeció la señora acabándome de destrozar el brazo con otro apretón.

—De nada, que tenga un buen viaje —me despedí disimulando el calambre que recorría mi brazo.

Seguí mi camino y llegué a la zona de los asientos número 6. Miré al lado izquierdo de la fila y… ¡sorpresa! El asiento 6A estaba ocupado por un señor con gafas torcidas, la boca abierta y la cabeza apoyada contra el cristal. Estaba más “clapao” que un sobre.

—Perdone —dije. Nada.

—Disculpe. —Nada.

—Señor, perdone —esta vez levanté un poco la voz y… ¡Bingo!

El bello durmiente abrió los ojos, se incorporó en su asiento, miró aturdido a su alrededor, se quitó las gafas y se volvió a acostar. Con dos cojones. Así me quedé: :O

—¡SEÑOR! —grité amablemente.

Esta vez sí. “Señor” abrió los ojos de nuevo y me miró con cara de susto.

—Perdone, está usted sentado en mi asiento —dije mientras le enseñaba mi billete.

—Ah. Sí, sí. Es que no había nadie y me he cambiado. Disculpa —respondió luchando contra la repentina realidad que se abría paso a través de su “caraja matutina”.

—Gracias —dije con una sonrisa y mucho alivio.

Cuando mi asiento hubo estado libre, saqué de la mochila el plátano, el puñado de nueces, la botellita de agua con dos bolsitas de té verde flotando en su interior y el lector de ebooks. A continuación, coloqué la mochila en el reposa-equipajes y me senté. Bebí un sorbito de té, pelé el plátano y abrí el “albal” que contenía las nueces. “Buf. Una vez más he sobrevivido al caos que supone subirte al tren”, pensé mientras encendía el ebook y comenzaba a saborear el desayuno. En ese momento, el tren comenzó a moverse. Miré por la ventana y, con una sonrisa en los labios, me prometí que la próxima vez que alguien estuviese ocupando mi asiento en el tren, llamaría a la señora forzuda para que le diese un buen apretón en el brazo. 😉

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  1. Sandra Moreno
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