Un sueño hecho realidad

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Por fin me encontraba  en el vestíbulo esperando junto a mis compañeros. Había sido un largo viaje, pero sin duda, iba a merecer la pena, a pesar de lo nervioso que estaba. Miré a mi alrededor y me di cuenta que no era el único. Recuerdo perfectamente las miradas que nos dedicábamos unos a otros, cargadas de complicidad y empatía. A veces sonrisas, a veces inquietudes, a veces temores. Cada uno lo expresaba a su manera, y había tantas maneras como niños y niñas en esa enorme antesala. No podía dejar de preguntarme de dónde venían, cuál era su historia y por qué estaban ahí.

“¿Cómo se llamará la niña que no deja de mirarme con cara de cordero degollado?” “No puedo ayudarte, yo también estoy nervioso, pero no tenemos nada que temer, todo saldrá bien”, intentaba decirle con la mirada, obviamente sin éxito alguno. Pero, ¿qué es lo que tenía que salir bien? Ni siquiera yo sabía darle respuesta a esa pregunta.

Volví la cabeza hacía mi derecha y, de nuevo, una cara mirándome. Era un niño rubio con la nariz demasiado redonda para un ser humano. Sonrió nerviosamente y siguió su rutina de observación de todo lo que había a su alrededor.  Me pregunté si tal vez ese niño no fuese a convertirse en mi nuevo mejor amigo. O tal vez el de delante suya, el alto delgado con rasgos escandinavos. O, quién sabe, tal vez la niña bajita y regordeta que no dejaba de alisarse la ropa desesperadamente.

Fue mientras andaba absorto en esos pensamientos que apareció en el vestíbulo la persona que, supuestamente, iba a conducirnos hacía el interior del salón. No se veía mucho desde mi posición. Sólo recuerdo ver sobresalir la cabeza de un hombre con alopecia avanzada y una voz grave y distante que trataba de comunicarnos algo.

– No se escucha…- comenzaron a decir tímidamente por mi alrededor.

El señor en cuestión siguió hablando.

– No se escucha.- repitieron un par de jóvenes a mi lado.

Ningún cambio, como si escuchara llover.

– ¡Por favor, hable más alto, no se escucha!- gritó la niña con cara de cordero degollado.

– ¡Shhht!- le respondieron desde varios puntos del vestíbulo.

La niña puso cara de indignación y se cruzó de brazos, mientras nuestro interlocutor daba por finalizado el comunicado y volvía al salón.

– ¿Qué ha dicho?- preguntó alguien desde el fondo.

– Sí, los de ahí delante, ¿qué ha dicho?- inquirió de nueva la niña, ahora con cara de cordero indignado.

– Dice que en seguida comenzaremos. Que debemos estar atentos porque nos llamarán de uno en uno.

Los murmullos se dispararon inmediatamente. Llegados a ese punto no había ni un ser vivo en ese vestíbulo que no estuviese al borde de un ataque de nervios. Todo el mundo hablaba con el de su lado, preguntándose cómo iba a ser y que iba a pasar. Por suerte nadie se interesó por mí, así que me dediqué a prestar atención a los latidos de mi corazón mientras me preguntaba si no sería posible que alguna costilla resultase dañada ante semejantes sacudidas.

Aproximadamente cinco minutos después, el señor calvo empezaría a llamarnos por nuestros nombres, de uno en uno y en orden alfabético, desde la puerta del salón:

Alonso García, Antonio.

Un chico pelirrojo y lleno de pecas se adentró en el salón para no volver a salir.

Álvarez López, María Cristina.

Por fin le ponía nombre a la niña con cara de cordero. En esta ocasión, de cordero al borde del colapso nervioso.

Beltrán Vilanova, Jesús.

Otro menos. Y así durante un buen rato: Blázquez Fernández, Carlos; Casanova Subirats, Carla; Dalmau Dalmau, Bernat; etc.

Hasta que…

Rodríguez Aliau, Manu.

Respiré hondo y traté de no pensar en que mi corazón parecía a punto de estallar. Caminé a través de la mermada congregación de jóvenes que aún esperaban su turno, y me adentré en el salón. Sentí los ojos de centenares de personas puestos en mí. Miré a mi alrededor apenas dos segundos y pude ver las cuatro mesas paralelas, dos a cada lado del pasillo central, repletas de jóvenes cuya única distracción en ese momento era yo. Empecé a caminar por el pasillo con el único deseo de llegar al otro extremo de la gran sala cuanto antes, donde me esperaba una mujer de avanzada edad, un sombrero puntiagudo que parecía tener mil años y un taburete de madera. Los colores amarillo, azul, verde y escarlata resaltaban en sus correspondientes mesas y distraían mi vista mientras trataba de concentrarme en no desmayarme. Se oían murmullos, todo el mundo me miraba y murmuraba. No recuerdo que decían. Tampoco recuerdo cuanto tardé en llegar al final. Lo único que recuerdo es que me senté en el taburete de madera, la mujer me puso el viejo sombrero en la cabeza y una potente voz gritó al instante: ¡GRYFFINDOR!

Hogwarts

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