Un vagón cualquiera de un tren cualquiera

Por fin aparecieron las luces del tren en el anaranjado horizonte del alba. Intenté calcular el punto donde más o menos se detendría mi vagón, pero nada; como siempre, lo vi pasar ante mis narices y no se detuvo hasta unos 50 metros más adelante. Caminé hasta la puerta que marcaba el 3 y me subí. Giré a la derecha, abrí la puerta automática que hace “pssssssshhh” y entré en el vagón. Ahora tenía que buscar mi asiento. Era el 6A, así que estaría por el principio del vagón, y como yo estaba en el final, tuve que cruzarlo entero intentando no chocarme con ninguna de las personas que también buscaban su asiento o intentaban subir su maleta al reposa-equipajes que hay sobre los asientos. A la mitad del vagón, me encontré una anciana de esas que te aprietan el brazo con una fuerza digna de un culturista mientras te dicen:

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