Encontrarme conmigo mismo mientras cierro los ojos

Cierro los ojos. Veo un pequeño lago rodeado por el bosque más maravilloso que se pueda imaginar. Los árboles son verdes y el cielo azul. Me siento en la orilla. No existe el tiempo. Ni el dolor. Ni las emociones. No hay nada. Nada excepto paz. Abro los ojos. La percepción del tiempo vuelve a mi y me pregunto cuanto rato habrá pasado. No puedo saberlo. Mi vida sigue.

Cierro los ojos. Veo el mar desde las rocas mojadas de la costa. El atardecer ocupa toda la extensión del cielo. Desde el horizonte hasta el más allá. Hace viento. Veo las olas romper contra las rocas. Pequeñas gotas de agua salada me mojan la cara y siento como dentro de mí quema una gran llama. Puedo notar el flujo de la vida en mi interior. En mi alma arden juntos el amor, la vida y la paz. Abro los ojos. Mi cara está seca. Mi vida sigue.

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Un sueño hecho realidad

Por fin me encontraba en el vestíbulo esperando junto a mis compañeros. Había sido un largo viaje, pero sin duda, iba a merecer la pena, a pesar de lo nervioso que estaba. Miré a mi alrededor y me di cuenta que no era el único. Recuerdo perfectamente las miradas que nos dedicábamos unos a otros, cargadas de complicidad y empatía. A veces sonrisas, a veces inquietudes, a veces temores. Cada uno lo expresaba a su manera, y había tantas maneras como niños y niñas en esa enorme antesala. No podía dejar de preguntarme de dónde venían, cuál era su historia y por qué estaban ahí.

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