Doses, unos y ceros

Marisa abre los ojos cuando el timbre suena por segunda vez. Grita que ya va y se levanta. Pasa por el baño para mirarse en el espejo y un rostro con demasiadas arrugas le devuelve la mirada. Trata de arreglar el desorden de cabellos rubios sobre su cabeza, pero solo consigue empeorarlo. Suspira y va a abrir la puerta. Es la cartera. Le entrega un paquete cuadrado y una carta del banco. Marisa firma el acuse de recibo y se despide de ella. Se tumba de nuevo en la cama y abre la carta. El desahucio va a ser en dos semanas. Se ha acabado el tiempo. Más me vale que el traje funcione. Aleja el miedo de su mente. Hace mucho se dijo que pasara lo que pasase, no habría lugar para temores o arrepentimientos.

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Viajar

Nunca fui un niño que quisiese viajar. De hecho, hasta los dieciséis años no tuve la oportunidad de volar.

Tampoco lo eché de menos. Por ese entonces, yo, no era la persona que ahora soy.

Pero de repente, un día, algo en mi mente cambió. Me di cuenta que la vida es efímera, corta. Me di cuenta que lo que no hayas vivido, habrá sido tiempo perdido.

Y compré una mochila.

El que me la vendió pensó que hacía un buen negocio. Pensó que estaba vacía. Pero que va. Estaba llena de ilusión, aunque él no lo comprendía.

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Libertad

En el interior, donde no hay nada

sin música ni cantos ni palabras,

nace un río, una madrugada,

firme y tranquilo, abre sus alas.

Y su cauce es expansivo y brillante

y sus aguas inundan la nada, una nada tan viva,

que a pesar de no ser, son, y de hoy en adelante,

el mar en calma para el náufrago a la deriva.

¿Acaso existe superior libertad que la paz?

¿Acaso existe inferior prisión que la cadena laxa?

En el río del alma, de luz sólo un haz

y de agua un cristal, para que todo nazca.

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La ovejas del tío Manolo

La primavera apenas estaba despertando. La intensidad del invierno había pasado y las ovejas del tío Manolo pronto serían esquiladas.

Tío Manolo era un pastor gallego que emigró a la Sierra de Cantabria cuando su esposa perdió la vida intentando dar a luz. Desde entonces, su vida fue por y para las ovejas, a las que estaba muy unido. Se dice que en más de una ocasión se había unido a alguna de ellas de forma literal, incluso. De hecho, si vas a la Sierra de Cantabria y preguntas por tío Manolo en cualquier bar, te responderán:

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All in

—Hagan sus apuestas, caballeros —anunció el crupier mientras repartía dos cartas a cada jugador.

Santiago contó 5 dólares y los colocó sobre la mesa. Adolfo lo imitó. Acto seguido ambos cogieron sus cartas y las observaron con atención. En la mano de Santiago había dos ochos, de picas y diamantes; en la de Adolfo un As y una Ka de tréboles.

—¿Desea usted subir la apuesta, señor? —preguntó el crupier a Santiago.

—No, estoy bien así.

—Estupendo. —Volvió su mirada hacia Adolfo—. ¿Y usted, señor?

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