A cada cerdo le llega su San Martín

El Rey permanecía sentado en su trono, impasible. Los gritos se escuchaban cada vez más fuerte.

“¿Cómo hemos llegado a esto?”-se preguntaba. “¿Acaso no soy la máxima autoridad de este reino? Un grito más alto que los demás sacó al rey de sus pensamientos. El grito de una mujer.

“Han entrado en el castillo.”

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Nuestros actos tienen consecuencias

- ¡Papi, en el cole nos han enseñado el cuento de la ratita presumida!- anunció María cuando la senté en su sillita.

- ¡Que bien María! ¿Te ha gustado?

- Sí. La ratita es taaaan presumida como Paula. ¡Ji, ji, ji!

- ¡Yo no soy presumida! ¿A qué no lo soy, papá?- se quejó Paula.

- Sólo un poquito, como tu hermana María.- dije sonriéndoles a las dos.

- Eso es porque somos como mamá, ¿verdad papá?

- Sí cariño. Mamá también era presumida, ¡pero un poco menos que vosotras dos, bichitos!- exclamé haciéndoles cosquillas en la barriga.

- ¡¡Para papá!! ¡¡Nos haces cosquillas!! ¡¡Ji, ji, ji, ji, ji!! ¡¡Para por favor!! ¡¡Ji, ji, ji!- rieron las dos a la vez.

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Sin un porqué

Cerró los ojos. La boca llena de arena le hacía respirar con dificultad. Apenas le quedaba energía para seguir luchando. Pero, ¿por qué esta lucha? En ocasiones había tenido que luchar, pero nunca de una forma tan brutal y nunca sin un motivo. Sólo lo había hecho por conseguir y defender las cosas que tenía en la vida: la futura madre de sus hijos y su posición social. No tenía nada más, pero tampoco lo necesitaba. Sólo había una cosa, el deseo de ser padre algún día. Sea como sea, era feliz. Vivía en un pequeño paraíso, rodeado de los suyos, entre los árboles. Era respetado y respetaba. Era libre. ¿Y ahora? Ahora apenas podía moverse.

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