¿Por qué he estado dos meses sin escribir?

Hace mucho tiempo que no escribo, así que no estoy seguro de que aún sepa hacerlo. Lo intentaré y espero que no decaiga mucho el nivel 😉

Tal vez seas una de las muchas personas que me han escrito durante mi ausencia para preguntarme porqué no escribía y cuándo volvería a hacerlo. O tal vez no. No importa. Sea como sea, en este post te voy a explicar qué ha sido de mi durante los dos meses de ausencia. Coge un vaso de agua y siéntate, los hechos que voy a relatar a continuación son difíciles de creer, pero son absolutamente reales. Allá voy.

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Sinrazón

No sé cómo empezar, pero decir lo que quiero decir no creo que resuelva el problema que hemos causado. Es como pretender sacar un as de corazones en la baraja de mi vida. El gran corazón no va a soportar la incertidumbre. Tal vez ni siquiera las picas puedan hacerlo. Al fin y al cabo, ¿qué sería de nosotros sin el agradable sabor de la miel? Nunca lo sabremos, pues la miel nos ha estado envenenado el alma y el corazón desde que el mundo es mundo y el hombre es basura. Problema y solución al mismo tiempo. Que delirio, señor. Y hablando de señores, buenas tardes y bienvenidos, damos y caballeros. También a ustedes, damas y caballeras. Claro que sí, que bonito es que estemos todos aquí reunidos celebrando la septuagésimo quinta mil edición de estos juegos de la no-hambre. Porque otra cosa no, pero el hambre nos es desconocida en todas sus expresiones. Suerte, amiguitos y amiguitas, suerte. Suerte. Sí, lo nuestro es suerte. Discúlpenme, hoy me siento afortunado. Se está quemando el bosque donde cacé mi primera ardilla. Yo estuve allí con ella, luego yo me fui y ella se quedó. No puedo evitar pensar que algo malo le puede estar pasando. Ojalá ella también se sienta afortunada hoy y logre escapar a las llamas. Maldita ardilla, cuanto la quiero, joder.

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Un vagón cualquiera de un tren cualquiera

Por fin aparecieron las luces del tren en el anaranjado horizonte del alba. Intenté calcular el punto donde más o menos se detendría mi vagón, pero nada; como siempre, lo vi pasar ante mis narices y no se detuvo hasta unos 50 metros más adelante. Caminé hasta la puerta que marcaba el 3 y me subí. Giré a la derecha, abrí la puerta automática que hace “pssssssshhh” y entré en el vagón. Ahora tenía que buscar mi asiento. Era el 6A, así que estaría por el principio del vagón, y como yo estaba en el final, tuve que cruzarlo entero intentando no chocarme con ninguna de las personas que también buscaban su asiento o intentaban subir su maleta al reposa-equipajes que hay sobre los asientos. A la mitad del vagón, me encontré una anciana de esas que te aprietan el brazo con una fuerza digna de un culturista mientras te dicen:

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Salad King

—Máquina, paso a recogerte a las 21:30h para ir a cenar por ahí, ¿vale? —dijo Miguel desde el otro lado del teléfono.

—Bufff… Estoy con la dieta, tío.

—Por un día que te la saltes no pasa nada.

—Bueno… Supongo que no.

—Va, te veo en un rato. ¡Chao!

—¡Pero este mes no me pillas más, cabrón! —dijo Daniel, aunque demasiado tarde, su interlocutor ya había colgado.

Miró la hora en la pantalla de su teléfono. Las 20:03h. Aún tenía tiempo de ir a correr un poco para compensar el atracón que se iba a pegar esa noche. Se quitó la batamanta, se calzó las zapatillas de deporte y, según iba vestido, salió a la calle. Caminó hasta el inicio del “Carrilet” y comenzó a trotar.

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El taimado Sam Jartus

Hubo un tiempo en que el Sol se ponía por el Este y la Luna nunca desaparecía del cielo. No había más humo en el aire que el de las hogueras nocturnas que acogían largas y alegres charlas al tiempo que asaban deliciosos manjares. La única preocupación que tenían los habitantes de ese idílico mundo era poder comer y beber y dormir bajo cobijo las noches de lluvia. Ni siquiera les asustaba la muerte. Sabían que todo lo que nace ha de morir, y también sabían que nada es más natural y necesario que la muerte de la vida y la vida de la muerte.

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