A cada cerdo le llega su San Martín

El Rey permanecía sentado en su trono, impasible. Los gritos se escuchaban cada vez más fuerte.

“¿Cómo hemos llegado a esto?”-se preguntaba. “¿Acaso no soy la máxima autoridad de este reino? Un grito más alto que los demás sacó al rey de sus pensamientos. El grito de una mujer.

“Han entrado en el castillo.”

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