A cada cerdo le llega su San Martín

El Rey permanecía sentado en su trono, impasible. Los gritos se escuchaban cada vez más fuerte.

“¿Cómo hemos llegado a esto?”-se preguntaba. “¿Acaso no soy la máxima autoridad de este reino? Un grito más alto que los demás sacó al rey de sus pensamientos. El grito de una mujer.

“Han entrado en el castillo.”

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Sin un porqué

Cerró los ojos. La boca llena de arena le hacía respirar con dificultad. Apenas le quedaba energía para seguir luchando. Pero, ¿por qué esta lucha? En ocasiones había tenido que luchar, pero nunca de una forma tan brutal y nunca sin un motivo. Sólo lo había hecho por conseguir y defender las cosas que tenía en la vida: la futura madre de sus hijos y su posición social. No tenía nada más, pero tampoco lo necesitaba. Sólo había una cosa, el deseo de ser padre algún día. Sea como sea, era feliz. Vivía en un pequeño paraíso, rodeado de los suyos, entre los árboles. Era respetado y respetaba. Era libre. ¿Y ahora? Ahora apenas podía moverse.

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