Salad King

—Máquina, paso a recogerte a las 21:30h para ir a cenar por ahí, ¿vale? —dijo Miguel desde el otro lado del teléfono.

—Bufff… Estoy con la dieta, tío.

—Por un día que te la saltes no pasa nada.

—Bueno… Supongo que no.

—Va, te veo en un rato. ¡Chao!

—¡Pero este mes no me pillas más, cabrón! —dijo Daniel, aunque demasiado tarde, su interlocutor ya había colgado.

Miró la hora en la pantalla de su teléfono. Las 20:03h. Aún tenía tiempo de ir a correr un poco para compensar el atracón que se iba a pegar esa noche. Se quitó la batamanta, se calzó las zapatillas de deporte y, según iba vestido, salió a la calle. Caminó hasta el inicio del “Carrilet” y comenzó a trotar.

«Treinta minutos estará bien. Al fin y al cabo, ya he entrenado esta mañana» pensó Daniel. «Tampoco va a pasar nada por meterme una cena guarra entre pecho y espalda después de tantos días comiendo sano. Me lo merezco. Es más, después de cenar le diré a Miguel de ir a tomarnos unos cócteles al Siddartha. Y a ver si ligamos, que mucha vida sana pero poco follar. Y pensar que mi principal motivación para estar en forma es gustar a las chicas…»

Con estás preocupaciones en la cabeza, Daniel corrió durante treinta y dos minutos. Estiró delante de su portal y subió a casa para darse una ducha y arreglarse. Una vez duchado y con el pelo húmedo, se enfundó unos vaqueros cualquiera. La camiseta, sin embargo, sería especial. Se pondría esa que se ciñe al torso, resaltando el piercing del pezón y los cuadraditos abdominales.

«Socio, baja» decía el whatsapp de Miguel.

Llaves y cartera en el bolsillo, móvil en la mano y escaleras pa’abajo, saltándolas de tres en tres.

—¿Qué tal, máquina? —dijo Miguel mientras Daniel se sentaba a su lado, en el asiento del copiloto.

—Te voy a matar, cabrón. Por tu culpa me voy a cargar todo el trabajo de un mes —dijo Daniel a modo de saludo.

—No digas tonterías, ¡si estás a tope! ¡Mírate! Muchas noches locas tendrías que pegarte para perder la forma —contestó Miguel guiñando un ojo.

—¡Qué gilipollas! —dijo Daniel entre risas—. Bueno, ¿adónde vamos? He pensado que, ya que la hacemos, la hacemos gorda, ¿no?

—He pensado lo mismo. ¿Qué te parece el Salad King?

—Me parece bien, y después al Siddartha —dijo Daniel.

—Imposible socio, mañana trabajo. Lo del Siddartha mejor otro día.

—Vaya, hombre… Pero un ratito si que puedes. ¿No?

—Qué va… me levanto a las 04:30h. Otro día vamos, en serio.

—Bueno, qué le vamos a hacer. No sabia que mañana trabajabas. Pues nada, vamos al Salad y nos hinchamos a comer.

—¡A eso no te voy a decir que no!

Tras diez minutos de conducción a través de las calles de la ciudad, llenas del típico ocio de un sábado noche, llegaron al Salad King. Aparcaron y entraron con cara de absoluta felicidad.

Saturday night

 

—Buenas noches, ¿qué desean? —les preguntó la cajera cuando llegó su turno.

—Hola. A mi me pone una Ensalada Verde XXL con extra de Lollo Rosso y aguacate. Para beber una agua natural.

—Y para mi una Menestra Triple y agua también.

—¿Algo más?

—Nada más —contestó Miguel. —¿Cuánto es?

—18’70€, por favor.

—Pago yo con la tarjeta y después pasamos cuentas —dijo Miguel mientras ofrecía la tarjeta a la cajera.

—Okey —asintió Daniel.

Esperaron pacientemente mientras les preparaban el pedido y aprovecharon para opinar sobre todas las chicas que había en ese momento en el restaurante. Que si “esa de ahí detrás está para darle”, que si “la otra de al lado está operada”, que si “me acabo de enamorar”, etc. Cinco minutos después y, no habiendo dejado títere con cabeza, se sentaron a la primera mesa libre que vieron, bandeja de comida en mano.

ensalada

Como si no hubiesen comido en un año, ambos amigos atacaron sus cenas con un apetito voraz, y no fue hasta que habían comido la mitad de su plato cada uno que Daniel rompió el silencio y dijo:

—Joder, qué bueno está esto. ¿Por qué no serán las verduras la comida más sana del mundo, en vez de las hamburguesas y las pizzas?

—Porque si las verduras fueran la comida más sana del mundo, perderían su encanto y todo el mundo dejaría de disfrutarlas. Nos gustarían tan poco como ahora te gustan las hamburguesas de tu dieta —contestó con aire pensativo Miguel.

—No creo que dejasen de gustarme —dijo Daniel mientras saboreaba con gran placer un pedazo de zanahoria al vapor.

—Hazme caso. No descartes que haya, incluso, un universo paralelo donde las verduras sean sanas y sepan mal, y las hamburguesas y las pizzas estén buenísimas pero causen problemas de salud —insistió Miguel en tono filosófico.

—Nunca lo sabremos, pero se me antoja algo imposible. Lo que sí es cierto es que esta noche nos hemos puesto finos, y que mañana voy a tener que hacer dos mil o tres mil flexiones para quemar todo esto —bromeó Daniel mientras pinchaba con el tenedor los últimos trozos de pimiento, calabacín y zanahoria.

—Tú lo has dicho amigo, nunca lo sabremos.

Deja un comentario