Nuevos mundos

“¡Uooooo!”

Otra vez esa sensación. “¿Por qué nunca me canso de sentirla?” Seguí caminando, con los ojos abiertos como platos. Magnífico. El Sol estaba justo sobre mi cabeza, pero no me importaba. Exóticos olores inundaban mi nariz. Con los ojos semi-cerrados traté de localizar el origen de ese desconocido aroma, pero me dejé distraer por las vistas. Las personas vestían ropas tan raras como fascinantes. Hablaban una lengua desconocida y su olor era diferente. El paisaje recordaba a otros pero no se parecía a ninguno. Fantástico.

Una vez más ese olor. “¿Qué será?” Reanudé la búsqueda y localicé un pequeño puesto de comida en medio de la calle. “¿Qué es eso?” Olía genial y parecía tener mucho éxito entre los locales, así que compré una ración. “¡Dios! Está buenísimo. Pero, ¿qué lleva? Parece que es algún tipo de carne con verduras y especias que no conozco. Sí, es carne, pero no sé de qué. Pollo no es, seguro. Veo zanahoria y sabe un poco a cebolla. ¿Qué más da? Está muy bueno, voy a repetir.”

Cuando tuve el estómago lleno continué caminando y me dirigí a la estación de autobuses. Cogí uno cualquiera. Acerté, el trayecto fue toda una aventura. Embelesado por la estética de esas insólitas construcciones, apenas hice caso a la exótica música que me llegaba desde los altavoces sobre mi asiento.

Muchos viajeros habían subido y bajado del autobús cuando el conductor anunció la última parada. Me bajé tras una señora que parecía tener 200 años, pero su anciano rostro albergaba la más juvenil de las sonrisas.  Me dirigió alguna palabra en su extraño idioma y continuó su camino. El Sol se estaba poniendo, y tras echar una ojeada a mi alrededor me di cuenta que el paisaje había cambiado totalmente. Ahora estaba en la costa, en un pueblo a las afueras de la ciudad, rodeado de agua y abundante vegetación. Los lugareños estaban reunidos en numerosos grupos, sentados frente a sus hogares en sillas hechas por ellos mismos y charlando alegremente. Los niños jugaban animados a lo largo y ancho de la única calle que había. Qué entrañable me resultaba todo eso. Visité la playa y descubrí otros como yo. Lo vi en sus ojos, en su forma de mirar y sonreír, totalmente abrumados por lo que sus sentidos percibían. Me dí un baño desnudo, no era el único y a nadie parecía importarle.

Una hora después me subía al último autobús que viajaría a la ciudad ese día ya acabado. Me senté y dejé que todo lo que había visto y sentido ese día volviera a mi mente como una película. Con una amplia sonrisa bajé del autobús justo delante del albergue y me adentré en él, dispuesto para tomar una ducha, degustar una cena que jamás hubiese pasado por mi paladar anteriormente, e ir a la cama con la única preocupación que al día siguiente volviese a salir el Sol, pues la aventura seguía y quedaba mucho por vivir.

¿Que dónde estaba? Podía ser cualquier parte del mundo, viajando y descubriendo todo cuanto podía. Hay tanto por ver, aprender, sentir y descubrir, que esta historia podría haber ocurrido en cualquier parte, en cualquier momento. La única certeza es que ocurrió visitando un lugar desconocido y una cultura nueva. Esa es la magia, la esencia de vivir.

Nuevos Mundos

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