La ovejas del tío Manolo

La primavera apenas estaba asomando sus verdes ojos en el corazón de la vida. La intensidad del invierno había pasado y las ovejas del tío Manolo pronto serían esquiladas para poder afrontar el verano sin demasiadas dificultades.

Tío Manolo es un pastor gallego emigró a la Sierra de Cantabria cuando su esposa perdió la vida intentando dar a luz. Desde entonces, su vida había sido por y para las ovejas, a las que estaba muy unido. Se dice que en más de una ocasión se había unido a alguna de ellas de forma literal, incluso. De hecho, si vas a la Sierra de Cantabria y preguntas por tío Manolo en cualquier bar, te responderán:

—¿Manolo, El Penetrador De Ovejas? Sí, le conozco. Todo el mundo lo conoce.

Fuente: enbuscadelasestrellas.wordpress.com

Fuente: enbuscadelasestrellas.wordpress.com

Una fresca mañana de abril de no sé sabe que año, como de costumbre, el tío Manolo se encontraba en el campo, con su rebaño, devorando un bocadillo de queso curado, presuntamente de oveja. Enfrente suya se extendía el prado más verde, más húmedo y más frondoso que ninguna primavera haya conocido jamás. El rebaño de ovejas pastaba con alegría y los perros pastores se lamían sus partes, también con alegría. Nadie se percató de que alguien se acercaba hasta que estuvo a escasos metros de ellos. El primero en detectarlo fue Rambo, el mayor de los perros y también el más espabilado. Rambo levantó la mirada hacia el desconocido y, manteniendo la lengua sobre sus testículos, soltó un gruñido para alertar al tío Manolo.

—Buenos días, señor —dijo el desconocido al saberse descubierto—. Soy un viajero, vengo de Madrid y estoy pasando unos días por estas tierras.

Tío Manolo lo miró con desconfianza y dio un nuevo mordisco a su bocadillo de queso, presuntamente de oveja.

—Bu’u’os días ga’u —dijo con la boca llena de pan y leche fermentada.

El viajero, ahora más relajado, pidió permiso a tío Manolo para sentarse a su lado y disfrutar de un poco de compañía.

—Siempre he vivido en la ciudad y no sé muchas cosas sobre la vida en el campo. ¿Le importa que me quede un rato con usted?

Tío Manolo engulló el último trozo de bocadillo e indico al viajero con la mirada  que tomara asiento en una piedra a su lado.

—¿De dónde dices que eres? —preguntó tío Manolo rascándose la entrepierna con entusiasmo.

—De Madrid, señor.

—¿Hay ovejas allí?

—Debe haberlas, pero no en la ciudad. Tal vez en la Sierra de Madrid.

Tío Manolo asintió con la mirada fija en sus ovejas y la mano aún en la entrepierna.

—¿Le puedo hacer alguna pregunta sobre las ovejas, señor? Soy una persona muy curiosa que todo lo quiere saber.

—Claro, claro. Pregunta lo que quieras —contestó con la parsimonia propia de quien está empezando a hacer la digestión.

—Veo que tiene muchas ovejas. ¿Cuánta lana puede sacar de un oveja en la época de esquila?

—Pues eso depende —contestó el tío Manolo.

—¿De qué depende?

—De si la oveja es blanca o negra.

El joven viajero levantó la mirada y vio que, efectivamente, había ovejas blancas y ovejas negras en el rebaño del tío Manolo.

—Una oveja negra, por ejemplo —concretó.

—Una oveja negra suele dar entre 2 y 3 kilos de lana al año.

—Ahá. ¿Y una blanca?

—También, tambiéén. Unos 2 o 3 kilos de lana al año.

«Me dice que depende del color y resulta que dan la misma lana unas que otras. ¡Estos campesinos…!» pensó el joven madrileño.

Ambos permanecieron unos minutos en silencio. Los perros habían terminado de chuparse los propios testículos y ahora estaban chupándoselos los unos a los otros. Tío Manolo los miró y su mirada brilló de orgullo, como el padre que ve a sus hijos alcanzando el éxito en la vida. El viajero, incómodo, decidió romper el silencio.

—Señor, ¿cuánta hierba come una oveja al día?

—Pues eso depende.

—¿De qué depende?

—De si la oveja es blanca o negra.

—Una oveja blanca, por ejemplo.

—Una oveja blanca suele comer unos 4 o 5 kilos de hierba al día, más o menos.

—Entiendo. ¿Y una negra?

—También, tambiééén. Unos 4 o 5 kilos de hierba al día.

«Me está vacilando. Otra vez me dice que depende del color y luego comen lo mismo. Fijo que se está riendo de mí».

El joven madrileño buscó indicios de burla en el rostro del tío Manolo, pero se encontró con una mirada seria y serena, perdida en las imponentes montañas de la sierra. Confuso, decidió seguir con las preguntas.

—¿Cuántas crías tiene una oveja en época de reproducción, señor?

—Pues eso depende —contestó una vez más.

—¿De si la oveja es blanca o negra?

—De si la oveja es blanca o negra.

«Como vuelvan a ser iguales las blancas que las negras le voy a cantar las cuarenta al viejo vacilón este».

—¿Cuántas tiene una negra?

—Una negra tiene entre 2 y 4 crías por parto.

—Ahá. ¿Y una blanca?

Tío Manolo miró fijamente a los ojos del joven viajero y contestó:

—También, tambiéééén. Entre 2 y 4 crías por parto.

—¡Oiga! ¿Usted se está riendo de mí? —preguntó el joven muy enfadado. Y sin dar tiempo al tío Manolo a contestar añadió:

—¿Por qué me dice que depende si la oveja es blanca o negra, si después hacen todas lo mismo?

Tío Manolo levantó el brazo y señaló a la ovejas que pastaban tranquilamente delante suya.

—Porque las blancas son mías.

—¿Y las negras? —preguntó el joven.

—También, tambiéééééééééén… —constestó el tío Manolo.

 

 

 

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  1. mai

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