La chica de la curva 2.0

Sin querer manipular la objetividad con la que se espera que el lector aborde el texto que sigue a continuación, diré que me resulta imposible no sentir como un escalofrío recorre todo mi cuerpo cada vez que doy al “play” en mi grabadora y revivo la entrevista con ese extraño joven de barba rala y mirada perdida. Sin más preámbulos, feliz lectura.

Fuente: Tim Drivas Photography

 

—Hola Jorge.

—Hola —saluda Jorge con la mirada perdida y la voz pausada.

—Si te parece bien, vamos a comenzar con el relato. Explícame, por favor, qué ocurrió.

—Claro —dice el joven mientras acaricia los pocos pelos que tiene en la mejilla izquierda—. Ocurrió una fría noche de lunes.

Salí del trabajo a las once de la noche, y como de costumbre. Cogí el coche y me dispuse a ir a casa. Tenía que conducir unos cuarenta y cinco minutos hasta allí, así que preveía llegar un poco antes de la media noche. Salí del parquin y me adentré en una carretera nacional totalmente desierta. Recuerdo que era una noche muy fría, demasiado fría aun para ser febrero. Serpenteé por la enrevesada nacional durante unos treinta minutos. La radio me hacía el viaje más ameno, escuchaba una emisora con música muy animada. Hasta que se apagó sin motivo. Intenté volver a encenderla pero fue en vano. No me había dado cuenta hasta entonces, pero la carretera estaba empezando a cubrirse con una fina niebla. Empecé a notar algo raro. No sabría decir el que, pero algo no iba bien. Saqué el móvil e intenté llamar a mi novia para tratar de alejarme de los malos pensamientos, pero no había cobertura. Me puse nervioso. Aceleré y alcancé los ciento cuarenta kilómetros por hora, demasiado rápido para la visibilidad que había, la niebla se estaba espesando. De pronto, vi una figura blanca sentada en el asiento del copiloto. Me quedé sin aliento y noté que mi corazón iba a estallar. Era una mujer de unos treinta años, con el rostro desfigurado y las cuencas de los ojos vacías. Levantó la mano y señaló hacia la carretera. Creo que quería indicarme algo, tal vez una curva cerrada o cualquier otro peligro en la carretera. Jamás sabré que quería esa joven, pues del susto que me dio, morí en el acto.

—¿Cómo dices? —pregunto con cara de asombro.

—Digo que morí esa noche, cuando el espíritu de una joven apareció de repente en mi coche. Supongo que confluyeron varios factores, como los nervios, el miedo y el susto final.

—¿Me estás tomando el pelo? ¿Cómo vas a estar muerto si estás aquí hablando conmigo? —pregunto con nerviosismo y desconcierto.

Me mira, descompone su rostro en una mueca de pena y se desvanece como la niebla matutina bajo los rayos del sol veraniego.

Muero del susto.

Deja un comentario