Doses, unos y ceros

Marisa abre los ojos cuando el timbre suena por segunda vez. Grita que ya va y se levanta. Pasa por el baño para mirarse en el espejo y un rostro con demasiadas arrugas le devuelve la mirada. Trata de arreglar el desorden de cabellos rubios sobre su cabeza, pero solo consigue empeorarlo. Suspira y va a abrir la puerta. Es la cartera. Le entrega un paquete cuadrado y una carta del banco. Marisa firma el acuse de recibo y se despide de ella. Se tumba de nuevo en la cama y abre la carta. El desahucio va a ser en dos semanas. Se ha acabado el tiempo. Más me vale que el traje funcione. Aleja el miedo de su mente. Hace mucho se dijo que pasara lo que pasase, no habría lugar para temores o arrepentimientos.

Coge el paquete y se dirige hacia el garaje. Encima de la mesa de trabajo, al lado un destornillador microscópico, un soldador de precisión y varios rollos de cable, descansa un extraño traje azul oscuro, de una sola pieza, semejante a los de neopreno que usan los submarinistas. Abre el paquete y saca una batería del tamaño de un teléfono móvil. La introduce en una ranura en la pierna derecha del traje y la conecta a un sistema eléctrico. Se escucha un pitido y las articulaciones del traje ejecutan un movimiento de contracción-relajación. Marisa siente un cosquilleo en el vientre. De pronto está mareada y teme que vaya a perder el conocimiento. Va a funcionar. Tiene que funcionar. Camina hasta la puerta del garaje y la cierra. Se desviste con cuidado y se enfunda el traje mecanizado. Es tan ceñido que tiene que hacer un gran esfuerzo, pero, por fin, consigue subir la cremallera que va desde la cadera izquierda hasta el hombro derecho. Realiza algunos movimientos articulares básicos y comprueba que la movilidad es buena. Se calza unas zapatillas deportivas y sale a la calle.

El corazón le late con fuerza. Dos años antes, tras la muerte de Raquel, decidió arriesgarlo todo. Dos años dedicados a idear y perfeccionar unas articulaciones mecánicas integradas en un tejido de neopreno para correr a grandes velocidades que, si salían bien, la salvarían de las deudas que amenazaban su vida. Empieza a trotar. Baja la calle y gira hacia el paseo marítimo. Diez minutos después se detiene. Coloca la mano sobre el pecho y acaricia el botón de encendido. Vuelve a trotar. No va a funcionar. Voy a perderlo todoSoy una estúpida. Aprieta el botón y cierra los ojos. No pasa nada. Se detiene. Nota como las articulaciones del traje tratan de funcionar, pero la pequeña batería no aporta energía suficiente. Haría falta una potencia cien veces superior. Es imposible. Se acabó. Regresa a casa. La mira y se acuerda del día que la compraron. De las noches de vino, sofá y sexo con Raquel. La visión se vuelve borrosa y una lágrima corre por su mejilla. Mierda, Raquel. Me dejaste sola. Me prometiste que estaríamos juntas para siempre, y luego me abandonaste con la puta hipoteca de una casa llena de recuerdos tuyos. ¡¿Cuánto es para siempre, Raquel?! Deja el traje sobre la mesa de trabajo y se mete en la ducha. Las lágrimas se mezclan con la cascada de agua que fluye hacia abajo. Desea ser agua. Fluir. El agua es caos.

¡Dios!

Sale de la ducha y corre desnuda hasta el garaje. Comienza a abrir cajones llenos de herramientas y material eléctrico hasta que da con el medidor de corriente. Realiza algunas pruebas con la batería del traje. Anota los resultados y llama por teléfono.

—Irene, ¿cuál es la distancia mínima a la que se han conseguido separar los dos polos de una batería?

—Dos centímetros. ¿Por qué?

—¿Ves viable una batería sin electrolitos?

—No. No funcionaría. Los electrones irían de aquí para allá sin control.

—Sería un caos.

—Sí.

—¡Gracias! —Cuelga. Me quedan dos semanas. Tengo que intentarlo.

 

Once días más tarde, Marisa instala en el traje una nueva batería. Sin electrolito y ciento veinte veces más potente que la anterior. Se oye un pitido y el traje despierta. Se lo coloca con facilidad, ha perdido varios kilos en los últimos días. Se calza las zapatillas. Trota hasta el paseo marítimo y, sin detenerse, aprieta el botón. Inmediatamente se desencadena una reacción mecánica que supera todas las expectativas y Marisa alcanza una velocidad cercana a los setenta kilómetros por hora. Mantiene ese ritmo durante tres segundos, hasta que los ligamentos de sus rodillas no lo soportan más y se desgarran. Consigue pulsar el botón de apagado justo antes de golpearse violentamente contra el suelo.

Horas más tarde es intervenida de urgencia por fracturas en pómulo, costillas, muñeca, tobillo y ligamentos cruzados. Le pronostican un mes de hospitalización y seis de reposo absoluto.

Diez días después, recibe una visita en el hospital:

—Soy Alejandra González y vengo a hablar con Marisa Castro Bosch. —Viste traje azul y camisa blanca con el último botón abierto. Zapatos de tacón marrón y un maletín de piel negro en la mano.

—Soy yo —dice Marisa incorporándose ligeramente en la cama. La pantalla a su lado refleja un ritmo cardíaco de 84 pulsaciones por minuto.

—Muy bien. Espero que se encuentre mejor. Vengo para discutir un asunto legal.

—No es necesario discutir nada, quédense con la casa.

—Su casa no nos interesa lo más mínimo. Represento a la empresa Salte S.L. Estamos muy interesados en adquirir los derechos de producción y comercialización de su batería.

¡¿La batería?!

—¿Quién le ha hablado de mi batería?

—Supongo que ya lo sabrá, pero su hazaña, aunque no haya salido como usted esperaba, ha sido noticia no solo en España, sino en todo el mundo. —La pantalla refleja ahora un ritmo cardíaco de 109 pulsaciones por minuto. La enfermera entra en la habitación.

—¿Te encuentras bien, Marisa?

—No te preocupes, estoy bien.

Mientras, Alejandra González escribe algo en un papel.

—No nos interesa para nada el traje. Es obvio que no tiene futuro. Sin embargo, esta es nuestra oferta por la batería que diseñó para él. —Le entrega el papel. Marisa lee la cifra y su frecuencia cardíaca sube hasta 141. No puede ser verdad. Trata de contenerse, pero no puede. Suspira tres veces y se derrumba. Llora hasta que no quedan lágrimas en su cuerpo.

Ese mismo día, tras una breve negociación en presencia de su abogada, Marisa firma la venta de todos los derechos de la batería a la empresa Salte S.L. por un precio de dos millones cien mil euros.

¡Compartir es vivir!

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