La chica de la curva 2.0

Sin querer manipular la objetividad con la que se espera que el lector aborde el texto que sigue a continuación, únicamente diré que me resulta imposible no sentir como un escalofrío recorre todo mi cuerpo cada vez que doy al “play” en mi grabadora y revivo la entrevista con ese extraño joven de barba rala y mirada perdida. Sin más preámbulos, querido lector, te deseo una feliz lectura.

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Un sueño hecho realidad

Por fin me encontraba en el vestíbulo esperando junto a mis compañeros. Había sido un largo viaje, pero sin duda, iba a merecer la pena, a pesar de lo nervioso que estaba. Miré a mi alrededor y me di cuenta que no era el único. Recuerdo perfectamente las miradas que nos dedicábamos unos a otros, cargadas de complicidad y empatía. A veces sonrisas, a veces inquietudes, a veces temores. Cada uno lo expresaba a su manera, y había tantas maneras como niños y niñas en esa enorme antesala. No podía dejar de preguntarme de dónde venían, cuál era su historia y por qué estaban ahí.

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A cada cerdo le llega su San Martín

El Rey permanecía sentado en su trono, impasible. Los gritos se escuchaban cada vez más fuerte.

“¿Cómo hemos llegado a esto?”-se preguntaba. “¿Acaso no soy la máxima autoridad de este reino? Un grito más alto que los demás sacó al rey de sus pensamientos. El grito de una mujer.

“Han entrado en el castillo.”

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Nuevos mundos

"¡Uooooo!"

Otra vez esa sensación. "¿Por qué nunca me canso de sentirla?" Seguí caminando, con los ojos abiertos como platos. Magnífico. El sol estaba justo sobre mi cabeza, pero no me importaba. Exóticos olores inundaban mi nariz. Con los ojos semi-cerrados traté de localizar el origen de ese desconocido aroma, pero me dejé distraer por las vistas. Las personas vestían ropas tan raras como fascinantes. Hablaban una lengua desconocida y su olor era diferente. El paisaje recordaba a otros pero no se parecía a ninguno. Fantástico.

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Nuestros actos tienen consecuencias

- ¡Papi, en el cole nos han enseñado el cuento de la ratita presumida!- anunció María cuando la senté en su sillita.

- ¡Que bien María! ¿Te ha gustado?

- Sí. La ratita es taaaan presumida como Paula. ¡Ji, ji, ji!

- ¡Yo no soy presumida! ¿A qué no lo soy, papá?- se quejó Paula.

- Sólo un poquito, como tu hermana María.- dije sonriéndoles a las dos.

- Eso es porque somos como mamá, ¿verdad papá?

- Sí cariño. Mamá también era presumida, ¡pero un poco menos que vosotras dos, bichitos!- exclamé haciéndoles cosquillas en la barriga.

- ¡¡Para papá!! ¡¡Nos haces cosquillas!! ¡¡Ji, ji, ji, ji, ji!! ¡¡Para por favor!! ¡¡Ji, ji, ji!- rieron las dos a la vez.

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