Tu peor enemigo: el miedo

El miedo es natural en el prudente,

y el saberlo vencer es ser valiente.

Alonso de Ercilla y Zúñiga (1533-1594) Escritor español.

No temas ni a la prisión, ni a la pobreza, ni a la muerte. Teme al miedo.

Giacomo Leopardi (1798-1837) Poeta y erudito italiano.

¿Hay algo más humano que el miedo? Lo dudo. TODOS tenemos miedo. TODOS. Tú y yo también. Pero eso está bien. Es natural. Lo que no está bien ni es natural es dejarse vencer por el miedo. 

«Valiente es el que tiene miedo pero sabe afrontarlo. Cobarde es el que deja que el miedo le domine». ¿Qué tipo de persona quieres ser?

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Encontrarme conmigo mismo mientras cierro los ojos

Cierro los ojos. Veo un pequeño lago rodeado por el bosque más maravilloso que se pueda imaginar. Los árboles son verdes y el cielo azul. Me siento en la orilla. No existe el tiempo. Ni el dolor. Ni las emociones. No hay nada. Nada excepto paz. Abro los ojos. La percepción del tiempo vuelve a mi y me pregunto cuanto rato habrá pasado. No puedo saberlo. Mi vida sigue.

Cierro los ojos. Veo el mar desde las rocas mojadas de la costa. El atardecer ocupa toda la extensión del cielo. Desde el horizonte hasta el más allá. Hace viento. Veo las olas romper contra las rocas. Pequeñas gotas de agua salada me mojan la cara y siento como dentro de mí quema una gran llama. Puedo notar el flujo de la vida en mi interior. En mi alma arden juntos el amor, la vida y la paz. Abro los ojos. Mi cara está seca. Mi vida sigue.

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Un vagón cualquiera de un tren cualquiera

Por fin aparecieron las luces del tren en el anaranjado horizonte del alba. Intenté calcular el punto donde más o menos se detendría mi vagón, pero nada; como siempre, lo vi pasar ante mis narices y no se detuvo hasta unos 50 metros más adelante. Caminé hasta la puerta que marcaba el 3 y me subí. Giré a la derecha, abrí la puerta automática que hace “pssssssshhh” y entré en el vagón. Ahora tenía que buscar mi asiento. Era el 6A, así que estaría por el principio del vagón, y como yo estaba en el final, tuve que cruzarlo entero intentando no chocarme con ninguna de las personas que también buscaban su asiento o intentaban subir su maleta al reposa-equipajes que hay sobre los asientos. A la mitad del vagón, me encontré una anciana de esas que te aprietan el brazo con una fuerza digna de un culturista mientras te dicen:

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Salad King

—Máquina, paso a recogerte a las 21:30h para ir a cenar por ahí, ¿vale? —dijo Miguel desde el otro lado del teléfono.

—Bufff… Estoy con la dieta, tío.

—Por un día que te la saltes no pasa nada.

—Bueno… Supongo que no.

—Va, te veo en un rato. ¡Chao!

—¡Pero este mes no me pillas más, cabrón! —dijo Daniel, aunque demasiado tarde, su interlocutor ya había colgado.

Miró la hora en la pantalla de su teléfono. Las 20:03h. Aún tenía tiempo de ir a correr un poco para compensar el atracón que se iba a pegar esa noche. Se quitó la batamanta, se calzó las zapatillas de deporte y, según iba vestido, salió a la calle. Caminó hasta el inicio del “Carrilet” y comenzó a trotar.

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El taimado Sam Jartus

Hubo un tiempo en que el Sol se ponía por el Este y la Luna nunca desaparecía del cielo. No había más humo en el aire que el de las hogueras nocturnas que acogían largas y alegres charlas al tiempo que asaban deliciosos manjares. La única preocupación que tenían los habitantes de ese idílico mundo era poder comer y beber y dormir bajo cobijo las noches de lluvia. Ni siquiera les asustaba la muerte. Sabían que todo lo que nace ha de morir, y también sabían que nada es más natural y necesario que la muerte de la vida y la vida de la muerte.

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