A cada cerdo le llega su San Martín

A cada cerdo le llega su San MartínEl Rey permanecía sentado en su trono, impasible. Los gritos se escuchaban cada vez más fuerte.

“¿Cómo hemos llegado a esto?”-se preguntaba. “¿Acaso no soy la máxima autoridad de este reino?”

Un grito más alto que los demás sacó al rey de sus pensamientos, el grito de una mujer.

“Han entrado en el castillo.”

De repente se abrió la puerta principal y el comandante Grantier irrumpió en el salón con la espada desenvainada y jadeando.

– Majestad, debe abandonar la ciudad. Han conseguido entrar en el castillo y nuestros soldados no podrán retenerles, parecen ser presa de una fuerza sobrehumana e imparable.- anunció con la frente cubierta de sudor.

El rey fijó su mirada en las manchas de sangre que poblaban las ropas de su general. De pronto recordó el día que le fueron entregadas:

– Funsen Grantier, yo, Pactos de la Roca Negra, soberano del reino de Veltos, te nombro comandante jefe de la Guardia Real. Vestirás las ropas que son inherentes a tal cargo haciendo gala de la marcialidad que se les debe, así con el orgullo y bizarría que debe mostrar cualquier miembro de tan honorífico cuerpo.

El Rey dispuso la capa azul celeste de comandante jefe sobre los hombros de Funsen y le dijo al tiempo que tocaba su cabeza con la mano:

– Levántate, comandante Grantier.

A continuación, celebraron el nombramiento durante dos días y dos noches, comiendo y bebiendo los mejores manjares de todo el reino mientras, según el consejo, la gente se moría de hambre en las calles.

– ¿Majestad? Debemos darnos prisa.

– No iré a ningún lugar, comandante.- respondió el Rey en tono autoritario.

– Pero, majestad…

– ¡Silencio! ¿A cuántos de ellos has dado muerte, comandante?

– A tantos como he tenido oportunidad, majestad.

– No es eso lo que te he preguntado Grantier. Quiero un maldito número.

– No sabría decirle, majestad. Tal vez a treinta.

– Deja de llamarme majestad. En media hora seremos los dos igual de majestuosos, sin cabeza y con esos salvajes brindando sobre nuestros cadáveres. Sin olvidar que mearán y escupirán mil veces sobre lo que quede de nuestra dignidad.

– No si salimos deprisa de la ciudad. He dispuesto 50 hombres en la puerta Este que nos escoltarán hasta que lleguemos a…

– Si vuelves a decirme algo relacionado con escapar te arranco los ojos y me los como aquí mismo.- le amenazó el Rey sin dejar que acabara la frase.

– Con el debido respeto, majestad, con lo gordo que está usted, lo máximo que usted podría hacer ahora mismo es comerme los huevos, siempre que yo se lo permita. Así que no lance amenazas vacías porque son como un zumbido de moscas para mis oídos.

– ¡Ja ja ja ja!- rió con estruendo el rey Pactos.- Cuanta razón tienes. Lejos quedan esos días en que era capaz de desenvainar mi espada y matar a treinta miserables rabiosos a cambio de un pequeño manto de sudor en la frente. De todas formas, no insistas. No tengo intención de irme y no conseguirás levantarme de esta silla. Estoy demasiado gordo incluso para ti.

– En tal caso, me quedaré a su lado, majestad. Cuando llegue la muerte, que llegue con honor.

El comandante caminó hasta posicionarse a la derecha de su rey y, apoyando la punta de su espada en el suelo, se dispuso a esperar.

– Grantier, ¿crees que merezco lo que me está pasando?

– ¿A qué se refiere, majestad?

– Has dicho que parecen presa de una fuerza sobrehumana e imparable. ¿De dónde han sacado esa fuerza?

– No poseo ese conocimiento, pero es sorprendente que pese a las penurias pasadas sean capaces de luchar con tanto ímpetu.

– Mientras mi pueblo pasaba hambre, yo he engordado como un cerdo. ¿Crees que soy culpable del sufrimiento de esa gente?

– Majestad, así han sido siempre las cosas. No es culpa suya que el mundo sea mundo y que los reyes sean reyes.

– Cállate necio. La codicia ha acabado conmigo. Me ha engordado hasta el punto que no soy capaz de levantarme de la cama sin ayuda y ahora me entrega a la muerte sin que pueda ofrecer ninguna resistencia.

– Yo ofreceré resistencia por ambos.

– Maldito estúpido… ¿Quieres dejar de decir sandeces de una vez? No quiero que me halagues ni que me digas lo muy honorable y protector que eres, coño. Estoy haciendo una reflexión sobre los errores que he cometido y la lección que he aprendido cuando las cosas ya no tienen solución. Así que cállate y no me interrumpas. Como mucho te dejo que asientas cada vez que haga una pausa. Serás muy buen luchador, pero no tienes ni idea de epifanías y momentos de alta conciencia espiritual. Tendría que haber nombrado comandante jefe de la Guardia Real a uno de esos monjes que visten hábitos rojos y lucen una cabeza perfectamente afeitada y brillante…- gruño el rey Pactos.

– Lo siento majestad. Por favor, siga.

El rey miró a los ojos de su comandante con media sonrisa en los labios y se quedó en silencio unos minutos, mientras los gritos y el ruido del hierro contra el hierro seguían sucediéndose en el patio de armas.

– Nos queda poco tiempo. Cómo dice el dicho, a cada cerdo le llega su San Martín, y a este viejo y ambicioso cerdo le ha llegado el suyo. Lo lastimoso es que también a ti te llegue, Grantier. Huye y búscate una buena esposa que te dé hijos. Ten una buena vida y sirve a alguien que merezca tu espada.

– Espero que no esté usted hablando en serio, sabe que odio a los niños. Y por favor, no vuelva a insultar a mi orgullo sugiriéndome que huya como un cobarde. Por cierto, ¿dónde están la reina y el príncipe?

– Han partido hacia Binca con algunos miembros del consejo. Por suerte, el Sultán Fastuo ha aceptado darles refugio de por vida en su corte a cambio de que mi hijo sirva como oficial en su ejército tan pronto como tenga edad de empuñar una espada. Al menos he tenido tiempo de despedirme de mi hijo…

– Majestad, ¿qué pintan los miembros del consejo ahí?

– No pintan nada, pero esas ratas sólo han hecho lo que debían. Abandonarme a la primera de cambio y partir lejos. No merezco a nadie a mi lado Grantier.

De repente dejaron de oírse golpes y gritos. Hasta que…

– Casi lo hemos conseguido. ¡Vamos a la sala del trono!- se escuchó con perfecta claridad.

Unos pasos apresurados y… bum. Bum. Bum. BUUUM. La puerta cedió y aparecieron ante el umbral unas veinte personas, ocho de ellas armadas con un gran tronco que había hecho las veces de ariete. Del patio de armas llegaban los murmullos del resto de rebeldes que observaban con expectación lo que ocurría, dispuestos por si había que volver a luchar.

El comandante rezó una oración en voz baja y se colocó delante de su soberano con la espada dispuesta para el combate.

– ¡Cerdo hijo de puta! Ha llegado tu hora. Pagarás por todo por lo que nos has hecho pasar.- gritó un campesino con los ojos llenos de lágrimas y una hoz en la mano.

El rey miró perplejo al campesino que lloraba. A continuación, miró al resto de personas que había en la sala. Todas ellas tenías los ojos enrojecidos y las mejillas surcadas por las lágrimas.

– ¿Por qué lloráis? Ya tenéis lo que queríais. ¡Matadme de una vez!- gritó el rey mirando a sus vasallos.

– No entiendes nada, cerdo. Lloramos por todo el mal que has causado y que nos has obligado a causar. Lloramos por todo el sufrimiento que hemos tenido que ver reflejado en los ojos de nuestras familias y amigos. Lloramos por haber tenido que llegar a este punto para acabar con todos los males que has causado. Pero eso ya es cosa del pasado. Nuestras lágrimas y nuestro dolor harán que los que estén por venir no tengan que sufrir como lo hemos hecho nosotros. Te lo dice Harton, humilde y desgraciado campesino del reino de Veltos. ¡VAS A MORIR HIJO DE PUTAAA!- gritó el campesino con una rabia desgarradora.

Los rebeldes levantaron sus armas, improvisadas con herramientas de trabajo, y corrieron hacia el rey y su protector entre gritos de rabia. En apenas 10 segundos todo había acabado. El rey, el comandante Grantier y el campesino Harton yacían muertos, amontonados delante del trono.

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